Y lo del yoga

A veces, a mi cabecita (que no para nunca quieta) se le ocurren las ideas más disparatadas, los retos más absurdos o las profesiones más rocambolescas a las que me podría dedicar. Emprendo esas ideas con una ilusión sin medida y a los dos días esa ilusión se esfuma tal y como había venido. Consecuencia: A mi edad colecciono un cementerio de ideas e ilusiones rotas que ya lo querrían muchos. No me preguntes por qué lo hago, a mí también me encantaría saberlo.

Sin embargo hay algo que con mucho trabajo ha aflorado en mí desde hace meses: Doña Constancia.

(Dramatización)

-Yo: Hola señora Constancia ¿Cómo está usted? Me alegro de conocerla.

– La Constans: Es un placer. Aunque ya nos conocíamos. Yo la saludo siempre pero usted pasa de largo.

– Yo: Bueno, es que nunca llevaba las gafas puestas y no podía reconocerla pero ahora que ya veo podemos ser amigas para siempre.

– La  Constans: Serénese mija. Conmigo las cosas poco a poco.

(Fin de dramatización (nunca))

Gracias a la Constans conseguí rutinas y hábitos. Gracias a la Constans llevo meses haciendo ejercicio por mi cuenta y he perdido muuucho peso. Y gracias a la Constans conseguiré lo que quiera, lo dice Mr. Wonderful.

Así que con la motivación en todo lo alto decidí comenzar el año proponiéndome a mí misma algo que llevaba tiempo queriendo hacer: yoga. Pero no cualquiera, ni poco a poco, sino que me metí de cabeza en un reto de 30 días seguidos de Bikram Yoga. Para quien no lo sepa, el Bikram es una modalidad de yoga en la que se realizan 26 posturas en una sala a 40 grados y con un 40 por ciento de humedad durante 90 minutos. No eres borrica ni na’.

Lo primero que me llamó la atención es el olor de esa sala. Y no voy a mentir: huele a muerto. Y no un muerto reciente sino uno revenío, con solera. Lo segundo y por lo que va todo el mundo es el calor. Te sientes como si estuvieras tomando el sol en la playa pero sin poder bañarte, ni refrescarte, ni respirar como toca. Y en esas te pones a hacer posturitas. Ay diosito. La palabra es AGOBIO, no hay otra manera de definirlo. Tortura, disciplina, castigo, músculos nuevos, agujetas infinitas… esas son otras que se me vienen a la mente.

Pero esto sería mi opinión si yo me hubiese quedado en el primer día. Sería lo que yo explicaría a todo el mundo si me hubiese rendido, si me hubiera hecho caquita y hubiese abandonado. Que era lo que me daban ganas de hacer, decirles: «ahí os quedáis sectarios, ni ejercicios milenarios ni na’. Todos locos, todos locos…»

Pero no lo hice, y no sólo no lo hice sino que voy cada día con ganas. Andando al sitio, una hora de ida, otra de vuelta, con mi cerebro oxigenando y soltando endorfinas a su paso. Y el segundo día fue mejor, y al siguiente, y así sucesivamente. Ahora, puedo decir que entiendo muchas cosas y sobre todo entiendo por qué la gente está tan enganchada a esta disciplina. Por qué se dejan ese dineral en algo que a priori parece un martirio. Y es que sana, por dentro y por fuera.

Ese olor es el olor de las ansiedades, angustias, penas y debilidades de todas y cada una de las personas que pasan por allí cada día. Esa porquería que acumulamos cada día se queda allí, entra contigo y ahí te la dejas mientras tú te vas con tu mayor felicidad. Ese calor, el causante de todo, en realidad te abraza. Te mece despacio como si estuvieses en una cápsula de agua, te ayuda a moverte, a estirar. Ese calor insoportable en realidad te está llevando al extremo para que descubras que no hay límite. Que el límite te lo pones siempre tú.

Es muy muy poderoso el mirarte al espejo con todas tus lorzas e imperfecciones y sorprenderte asumiendo que todo eso da igual. Que todo en ese momento no importa porque cada día eres más fuerte, cada día subes más la pierna cuando el primer día pensabas que te ibas a romper. Da hasta miedo el pensar todo lo que podríamos hacer si no nos pusiésemos límites.

No sólo voy a acabar el reto sino que pienso seguir. Y cuando termine con ello todo lo demás me va a parecer una idiotez porque está siendo la experiencia más dura y a la vez más gratificante que he hecho en mi vida. Por una vez en mi vida mis ideas absurdas dejan de serlo y se materializan en satisfacción personal. Y eso amigos, olores y sudores aparte, no tiene precio.

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