Y lo del universo

En una de esas noches infinitas en las que a mi cabeza le da por funcionar a 100.000 revoluciones (en vez de a 50.000 que es lo habitual) me dio por pensar en mí. Pero no en mí como ser consciente, ni en mis tribulaciones, sino en mí como materia.

Comencé a reparar en mi pulso, sangre, piel y órganos. En que esta maquinaria perfectamente engrasada es lo que me separa de existir o no y que este universo en su infinitud me había hecho finita. Y es que somos levedad, como decía Manolo García.

En un accidente totalmente fortuito y aleatorio esa noche me encontraba ahí, igual que todas las noches e igual que todos los demás seres.

Siendo.

Respirando.

Mi corazón palpitaba con la calma del que hace su trabajo, sin ningún tipo de distracción, simplemente haciendo lo que le corresponde porque es su cometido y lo que se espera de él. Y entonces pensé que, siendo materia, yo podría haber sido ese corazón. O cualquier otro corazón de cualquier otro ser viviente.

Sin embargo soy esto y no un gato, una araña, un pez o un bazo. Y además tengo la (llamémosla) suerte de saber que soy además de qué soy. De ser consciente de mi materia y del sitio que ocupa dentro de este universo que seguirá estando impertérrito mientras nos ve esfumarnos con la fugacidad de una estrella.

Y cuando uno es consciente de su «estar», ya no hay vuelta atrás. Te percatas de que tu «yo» en realidad proyecta dos sombras, una la de su cuerpo y otra la de sus recuerdos.

Es una realidad que, por lo que parece, somos la única especie consciente de su existencia y su lugar en la infinitud del universo. Le debemos a éste, como si de una necesidad se tratase, el ser testigos de su totalidad en el sentido más exponencial de la palabra. Si es que las palabras son capaces de describir algo así.

En mi más humilde pensamiento aquella noche me di cuenta de mi huella. Y de lo que podría hacer yo por él y por haberme dado la casualidad del «ser». ¿Qué podría hacer yo en mi pequeñez e insignificancia? Y mi lógica apareció clara y evidente como si de un elefante en la habitación se tratase. Le debemos al universo el ser pensado y visto dentro de este poderoso accidente llamado «vida». Le debemos reciprocidad.

 

 

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