Y lo del cortijo

No son pocas las veces que he fantaseado con abandonar la civilización y retirarme al bosque. Mi familia tiene un cortijo en medio de la nada donde es una maravilla perderse. Está rodeado de la naturaleza más salvaje, de montañas infinitas y ríos dolorosamente fríos. El cortijo no tiene luz, ni agua y de milagro tiene wc pero ese es realmente su encanto. Esa sensación de estar en paz, de sentir la conexión verdadera con el mundo es invaluable.

He pasado todos los veranos de mi vida allí, bañándome, escalando, bailando, comiendo del huerto, leyendo y mirando cada noche las estrellas más brillantes y puras que he visto en mi vida. No es de extrañar que cuando volvía a mí casa después de dos meses me sintiera extremadamente rara. Ducharme en una ducha, enchufar en un enchufe (valga la rebuznancia) o ver la televisión me parecían marcianadas.

Mi tío y yo haciendo como que pescamos…

Cada vez que veo un niño pequeñísimo con la cara hundida en un móvil o una tablet siento que algo ha muerto dentro de mí. Pienso en lo difícil que debe ser el día a día para unos padres sobrepasados por la vida. Esclavos de la tecnología como no puede ser de otra manera ¿todos lo somos no? Por eso yo siempre reivindico la importancia de que los niños tengan un sitio donde serlo y respetar esa etapa donde estén exentos de preocupaciones. Y no sólo los niños, todo el mundo debería tener derecho a tener un sitio donde desconectar para poder reconectar consigo mismo y no perder el norte.

Conforme me hago mayor la vorágine que es la vida me va absorbiendo, hoy por hoy intento ir cada verano pero nunca me quedo tanto tiempo. Ahora ese cortijo está a la venta y con él se irá un trocito de mí. Y de cada uno de los miembros de mi familia que como en una especie de secta formábamos parte de ese club selecto donde no importaban ni el día ni la hora. No puedo estar más orgullosa de lo vivido, de haber tenido cortijo en verano y campo los fines de semana. De haber pertenecido a esa generación que jugaba con un palo y una piedra, que bajaba a la calle sin más preocupación que coger el bocadillo de la merienda. De haber tenido lo que ahora es un bien más que preciado; una infancia libre y feliz.

 

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