Y lo del coronaboris

Hace miles de años que el ser humano hizo su aparición estelar en este planeta. Durante estos años nuestra especie ha pasado de ser una más, a creerse la primera y única. Y con la soberbia de quien se cree sólo en el universo, ella agita la vara de la invulnerabilidad como si de un niño con un juguete nuevo se tratase.

Solo ella posee raciocinio pero, sin embargo, es la única que no es consciente que está aquí de paso como todas y cada una de las formas de vida que existen en este planeta. Que no es más que un mono, una mosca o una manzana y que no sabe dar gracias por tener un espacio que compartir con esos seres y que sólo sabe poseer.

Y entonces llega la naturaleza. Y como el meteorito a los dinosaurios le pega con toda su fuerza. Le hace darse cuenta de lo frágil que es su existencia y de que no es invencible. Aún así existen personas de miras estrechas que se niegan a ver. Que no comprenden todavía de qué va todo esto y que se niegan a bajarse de ese podio que creen inexpugnable. 

Esas personas suspiran aliviadas desde lo más macabro de su corazón cuando se habla de que este virus prefiere a gente de avanzada edad como si ellos nunca fuesen a estar en esa situación. Como si ellos no pudiesen estar en cualquier situación de fragilidad porque ahora son jóvenes o tienen dinero o poder. Siguen sin entender que no te puedes desconectar de tus semejantes. Que si al de al lado le cae un meteorito mañana te puede caer a ti.

Y entonces saldremos. Unos sí y otros no. Miraremos al cielo como el que lleva meses en un zulo y se sabe libre de nuevo. Y se supone que habremos aprendido algo. Que apreciaremos más la vida, el amor, lo que es realmente importante, que haremos lo que realmente queremos y lucharemos por ello. Pero, ¿cuánto durará? ¿Cuánto tardaremos en volver donde estábamos? ¿Cuándo dejaremos de aplaudir?

Ahora nuestra especie tiene la posibilidad de enmendar los errores del pasado. De redimirse en esta segunda oportunidad que se nos brinda y actuar desde la prueba/error. Y es probable que haga honor a su fama y tropiece con la misma piedra, pero que no se nos olvide que esa piedra nunca va a dejar de estar ahí. Cual espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas y dejando de manifiesto que somos importantes, sí, pero no imprescindibles.

 

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