Y lo de pertenecer al mar

Miras a un lado, al otro, sólo mar. Una extensión vasta e infinita de agua hasta donde alcanza la vista. Tus piernas agitándose sin parar mientras empiezan a hormiguear. De repente tienes frío, mucho frío, ya no las sientes. Ni los brazos ni las manos. Te agotas, tu cuerpo no puede más. Comienzas a hundirte y lloras, gritas y rezas. Nadie te oye, ni siquiera el Altísimo. No has existido nunca, tu vida es para muchos basura y lo sabes, lo has sabido siempre pero ahora lo confirmas. Compruebas con terror que te estás hundiendo, ya nada importa. «Ojalá en otra vida importe, ojalá esta nada me trate mejor».

Mientrastanto y desde sus lujosos despachos, señores se hunden en sillones de piel y se fusionan con ellos. Estos «sillores» aprietan botones, botones de vida o muerte pero sin mirar ninguna de esas cosas a la cara. Los «sillores» nunca se manchan las manos porque siempre esperan que otros les hagan el trabajo sucio. Nunca ven las caras de mujeres, hombres y niños implorando ayuda desde el mar al que pronto pertenecerán. Pero esto no es lo peor, lo peor es que todos sabemos que a estos seres que manejan el mundo les daría igual que se muriese quien fuera delante de ellos mientras puedan salvar su culo.

Afortunadamente, la sabiduría de la madre naturaleza siempre acaba salvándonos. Como con el ying y el yang, la de cal y la de arena, el sol y la luna, ella mantiene el equilibrio. Y por cada ser mezquino y despreciable pone en contraposición a un ser de luz compasivo y justo. El canalla pegado al sillón, como miserable que es, intentará acallar el espíritu del ser de luz para que le siga haciendo el trabajo sucio. De una manera retorcida este «sillor», nos querrá hacer ver que ser bondadoso y honesto está mal porque así le dejaremos hacer lo que más le gusta, que es jugar a apretar botones que manejan el mundo desde su despacho de lujo.

Lo que estos seres no entienden es que no se puede silenciar el espíritu. Ni los principios, ni la integridad cuando uno nace con ella. Y menos mal, porque sin esos seres de luz que luchan sin descanso, que no le temen al miedo y que nunca pierden las fuerzas para seguir luchando, el mundo se convertiría en mar. Un mar de odio que nos engulliría a todos.

 

 

 

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