Y lo de los abuelos

Convertirse en abuelo no se elige. Es como una segunda oportunidad que la vida te regala para enmendar los errores que cometiste la primera vez. O simplemente para disfrutar. Disfrutar de lo que supone que esos hijos que criaste se conviertan en padres. Ver cómo deciden traer al mundo a un ser humano tal cual hiciste tú en su día. Y verlos crecer a todos, evolucionar, sentirte como un pájaro que ha cuidado bien su nido.

Los que tuvimos suerte de disfrutar de nuestros abuelos (yo conocí a tres y siempre tendré la espinita de que me faltó uno) sabemos que son como un gran tesoro. Una caja de recuerdos que no regalaríamos por nada del mundo. Me enerva la gente que no los respeta, que los ven como algo gastado que ya no vale. En lugar de tratarlos como historia viva y andante.

Tengo en mi mente grabadas a fuego las historias de mi yayo Tomás que escuchábamos con la boca abierta. De la guerra, del campo, de los vecinos del cortijo, de los animales…Historias que me parecían tan lejanas y que ahora comienzo a comprender.

La risa de mi yaya Trini… Mi madre siempre me cortaba el pelo a lo seta y ella estaba totalmente el contra. «Si lo llevas largo, te lo puedes recoger y parece que lo llevas corto. De la otra forma sólo lo puedes llevar corto» sentenciaba. Pero mi madre no cedía, le gustaba demasiado verme el cogote. Así que yo me pasaba el día poniéndome los trapos de la cocina en la cabeza y haciéndome peinados con ellos porque me parecía que me quedaban espectaculares. Mi yaya más de una vez me pilló haciéndome coletas y trenzas en el baño con mis queridos trapos. Me podría haber reñido o haberme dicho que eso era una guarrada pero nunca olvidaré cómo se reía: «Tendrías que ser peluquera…» decía.

Y mi yaya Leonor. Que siempre me encontraba cuando me escondía en el armario: «¿Dónde estará esta niña?» y yo me tapaba la boca para que no me oyese reírme. Que nunca consentía dejarme en la guardería, sólo recogerme: «Yo sólo la recojo, no soporto verla llorar cuando me voy y la dejo allí» y cuando la veía se me abría el cielo, esos abrazos con olor a jabón, su olor. Ella fue la que más me duró. La que más pude disfrutar, mi refugio cuando volvía del cole, mi tierra firme. La que cuando crecí me aconsejaba con absoluta sinceridad pero con el mayor de los respetos: «Este novio me gusta más que el otro» y ese tipo de cosas que viniendo de ellos es totalmente diferente que de tus padres.

Todos se marcharon dejando un vacío irremplazable, pero ese nido del que hablaba antes sigue intacto gracias a ellos. Cuántas veces habré soñado con poder abrazarlos aunque fuese una vez más. Con no haberlos dado por sentado. ¿Estarían orgullosos de mí? ¿Por qué os tuvisteis que ir tan pronto? Lo que daría por que conocierais a mis futuros hijos o futuros gatos o lo que sea. En mi recuerdo dejasteis sólo amor. Amor del puro, amor del bueno.

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