Y lo de la purga

¿Cómo te sentirías si durante prácticamente un mes el sitio donde vives se convirtiese en una ciudad sin ley?  ¿Qué pensarías si cada vez que pisas la calle se convirtiera en una especie de lucha por volver sano y salvo a tu casa? Pensarías que eso no es posible, que cómo se podría permitir eso. Pues es posible, desde el uno de marzo los valencianos vivimos nuestra purga particular: las fallas.

Desde ayer, los que vivimos en Valencia y sus pueblos tenemos que soportar calles cortadas, niños (y no tan niños) armados con petardos, verbenas y fiestas hasta las mil de la mañana, orines, vómitos y gente borracha por doquier cual Walking dead. Y lo peor de todo, que esto no es un día como en la peli de la purga, sino veinte.

En estos veinte días mi preciosa ciudad se convertirá en un estercolero en el que la permisividad campará a sus anchas. Los falleros y los turistas tomarán sus calles y los demás tendremos que huir a las montañas o encerrarnos en nuestros bunkers para protegernos de la locura que supone esta fiesta cada año.

Da la sensación de que la gente necesite desfogar muy fuertemente y esto es serio, así que lo pienso analizar generalizando que así crea más impacto. Comenzaré por los niños: esos niños que de normal ya están por civilizar y que encima ahora tienen acceso a armas de destrucción masiva que ten por seguro que utilizarán contra ti.

Se supone que a los niños no se les venden petardos de cierta potencia pero yo he visto que en muchos sitios sí que lo hacen. Y si no, sus propios padres se los compran y luego se los dan para que aterroricen a las personas de bien. Mientras ellos se ponen ciegos a cervezas y vermut. Ayer, primer día de la purga, tres niñas SOLAS de no más de ocho años le tiraron un petardo bien gordo a un pobre abuelo que simplemente paseaba por la calle. «¡Qué hija puta, le has dao’!» decían, jactándose de su hazaña.

Luego están los turistas (y no turistas). Gente que utiliza estos días para emborracharse sin más. Que les importa bien poco las fallas en si, la maravillosa arquitectura de nuestra ciudad o todo lo interesante que se puede hacer en ella. Edificios emblemáticos llenos de orín, vómito y basura por todas partes. Nuestro histórico casco antiguo profanado por incontinentes descerebrados que lo destrozan todo desde por la mañana. Da igual que el ayuntamiento ponga cada vez más baños portátiles y más contenedores. Y esto cada año va a peor, porque cada vez viene más gente sin que se controle absolutamente nada porque «son fallas», y en fallas todo vale.

Por último los falleros. Los casales (donde se reúnen durante todo el año) montan su carpa con el permiso del ayuntamiento y ahí, ancha es castilla.  Al lado de esa carpa construirán su falla y por supuesto esa calle permanecerá cortada para su uso y disfrute particular. Y esto no sólo lo hacen en esta época. Si les apetece un domingo con el solecito sacar mesas en plena calle y ponerse a comer ahí pues lo hacen. Sin permiso o con permiso. Y tú tendrás que dar tooooda la vuelta a la manzana para poder llegar a donde sea que vayas. Y esto es algo que hemos normalizado de una manera que asusta.

Lo más complicado de todo esto es que decir que no te gustan las fallas es como nadar a contracorriente de un río. Porque las fallas son una tradición y cuestionar una tradición es cuestionar unos cimientos en los que la sociedad se ha agarrado durante años como si le fuese la vida en ello. Te llamarán amargado, que les faltas al respeto (el acabose), que no sabes divertirte o que no tienes el sentiment. Y no se trata de eso, se trata de sentido común y aquí me voy a poner en modo abuela cebolleta.

Cuando yo era pequeña me encantaban las fallas. Iba siempre con mis padres a tirar petardos pero a partir del día catorce, no todo el puñetero mes. Nos llevaban a un descampado o a un parque alejado, siempre donde no hubiese gente y bajo su supervisión. ¿Por qué? Pues porque los petardos explotan y pueden hacer mucho daño, parece mentira que haya que explicarlo. Más tarde te llevaban a ver fallas, porque de eso va la vaina ¿no? Caminabas sin parar admirando el trabajo en cada uno de esos monumentos que pronto iban a desaparecer. Después ibas a la mascletà, donde miles de kilos de pólvora hacían explosión en una traca final que se te metía dentro del cuerpo hasta tus mismas entrañas. Y por último suena el per ofrenar y ahí ya no puedes evitar que una lagrimita se te escape.

Nada tienen que ver ya con el que fue su origen, sin embargo ahora yo admiro las fallas como lo que son, obras de arte efímero. El trabajo impresionante de un año entero en el que mucha gente ha puesto todo su esfuerzo. En el que miles de personas verán convertirse esas obras de arte precioso en columnas gigantes de fuego purificador. Si se analiza, lo que puede parecer una locura en realidad es una genialidad que no muchos entenderán. Porque las fallas no hay que entenderlas sino vivirlas y esto es una gran verdad.

Me consta que hay mucha gente que las vive y las aprecia como se merecen pero hay otra mucha que no y que las utiliza para hacer lo que le viene en gana como en casi cualquier fiesta de nuestra península. Porque el ser humano lo estropea todo. Es capaz de convertir algo realmente bello y especial en autentica basura que acabarás odiando.

A mí, que nunca he sido fallera, que no me gusta la paella y detesto en lo que se han convertido estas fiestas tengo que oír cada dos por tres: ¡vaya valenciana! Y esto me ofende profundamente porque yo amo mi tierra. Amo nuestra gastronomía, la majestuosidad de la ciudad, la flora y la fauna que esconde su campo, el clima y la espontaneidad que nos caracteriza. Y precisamente por todo ello la defenderé a capa y espada y nunca dejaré de repetir que sólo hay una cosa que nos salvará: el respeto.

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