Y lo de España

España llevaba presa en una cárcel de odio durante décadas. Cuando su carcelero murió, por fin pudo salir. Ella estaba eufórica, todo parecía perfecto. Era libre y se le presentaba un futuro emocionante. Excepto por una cosa, tenía un dolorcillo en el corazón. Nada grave, pero continuo y molesto.

España finalmente fue al médico con ese dolor porque no se le pasaba:

– Médico uno: No te preocupes, es normal después de todo lo que has pasado. Te voy a recetar unos analgésicos por si te duele mucho y ya verás como pasa pronto.

Pasado un tiempo mejoró pero todavía le dolía por lo que fue a otro médico en busca de una solución mejor:

– Médico dos: Su corazón va bien. De hecho va tan bien que le voy a coger unos cuantos trozos para mí porque usted tiene demasiado. No se preocupe, porque eso le va ayudar a tener un corazón más fuerte. Será usted la envidia del resto de países.

Pero como era de esperar, no era cierto. Y quebró de tal manera que estaba a punto de morir. Ella sabía que si no hacía algo desaparecería, así que luchó. Luchó con todas sus fuerzas para sobrevivir. Trabajó, aguantó y como si de un milagro se tratase mejoró un poco, lo justo como para levantarse y seguir luchando.

Nunca fue la misma. Todas las heridas y cicatrices que llevaba en su gastado corazón le habían pasado factura y ya no sabía a quién acudir. Tenía miedo de que se volviesen a aprovechar de ella. Fue a más médicos con el mismo discurso que los demás: «Tómate esto o lo otro, te prometo que todo irá mejor». Pero nunca era verdad. Había rumores de que existían otro tipo de médicos, amables, jóvenes, con grandes ideas para curarla pero ya no se fiaba de ninguno de ellos. «Todos son iguales», pensaba.

Un día se encontró con un amigo suyo y le explicó su problema. Y éste le recomendó un curandero:

– Amigo (alias cuñado): Tú ves allí, este tío no se anda con rodeos. Da en el clavo  con lo que te pasa, ya verás qué bien.

Así que, aunque sabía la fama de estos curanderos, acudió allí desesperada por el dolor.

– Ya no puedo más. Mi corazón está destrozado, no puedo continuar.

– Pero es que usted está totalmente equivocada. A usted no le duele el corazón, lo que le duele es la pierna. ¿No se ha dado cuenta?

– Pues no. No siento que me duela para nada.

– Pues sí, sí. La culpa de todo la tiene ese dolor en la pierna que hace que todo vaya mal.

– ¿De verdad? ¿Y cómo es eso posible?

– Bueno porque hay otros países que le están a usted dando golpecitos en esa pierna sin que se dé cuenta durante muchos años.

– ¿De verdad no tiene nada que ver con mi cautiverio? ¿Ni cuando me quitaron partes de mi corazón?

– Para nada, para nada. Eso a usted le vino estupendo, de hecho si está viva es gracias a eso.

– ¿Y quiénes son esos países que tanto daño me hacen?

– Se llaman Negropobrelandia, Maricolandia, Cataluñalandia y Feminazilandia. Son como una especie de cáncer que si te coge ya no te suelta.

– ¡Oh, Dios mío! ¿Y qué puedo hacer para que me dejen en paz?

– Tiene que hacer lo que yo le diga, sin preguntas, sin pensar en nada. Sólo hágalo y verá como su pierna mejora.

– ¿Y mi corazón?

– ¿Qué corazón? ¡Ah, sí, sí, mujer! Su corazón también. Pero tenemos que empezar ya. Esta consulta se la dejo gratis por ser usted pero las siguientes serán cada vez más caras.

– Lo que haga falta si eso me cura.

España salió de allí con fuerza, pero notaba que era una fuerza distinta, nacida de la rabia. Se acordó de aquel primer médico que le recetó analgésicos sin hacerle ninguna prueba, sin escucharla de verdad. Se acordó del segundo, que se aprovechó de ella y la llevó al límite. Notaba que el odio crecía tanto en su interior que ya ni siquiera sentía el dolor de su corazón.

«Es verdad. Ahora que lo pienso noto un cierto hormigueo en la pierna». Y así es como España sin darse cuenta volvió a aquella cárcel de la que tanto le costó salir. En la que derramó infinita sangre, sudor y lágrimas. Se envolvió en cadenas y cerró la reja sonriendo: «Ahora todo será diferente, aquí por fin estaré segura…».

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