Y lo de cuando ella dijo no

Ella estaba feliz, sin miedo. De fiesta; bebiendo, bailando y riendo. Se cruzó en vuestro camino. Vosotros la visteis como la presa que andabais buscando, ella os vio como unos tíos graciosos que la hacían reír. Tal vez tenía la autoestima un poco baja, tal vez no. Tal vez sintió que había ligado, tal vez no quería estar sola pero lo que es seguro es que dijo no. A lo mejor no la oísteis porque vuestro propósito gritaba más fuerte y no ibais a dejar pasar la oportunidad. O quizás sí, pero os dio igual. Os dio igual que os dijera que no con todo su ser, con todo su cuerpo mientras lo abandonaba.

La oísteis, claro que la oísteis, os habló y vosotros respondisteis desde la violencia y las entrañas. Con la alevosía del que siempre ha cogido sin pedir permiso le robasteis sus pedazos para que no se le ocurriera recomponerse. Y con esa misma estela de dolor con la que llegasteis os fuisteis para seguir esparciendo sufrimiento por el mundo con la tranquilidad del que se sabe inmune.

Me dais lástima aunque eso me pese. Porque habréis recorrido un camino largo hasta llegar aquí, tal vez uno complicado y porque debe ser muy jodido no poder sentir el verdadero placer que supone la complicidad profunda y sincera con alguien. Parecido a una condena debe de ser mirarse al espejo cada día sintiendo sólo furia y exceso.

Especial mención merece ese abogado, el verdadero lobo de esta manada. Que ha disfrazado y retorcido la realidad  hasta darle la vuelta al miedo. El miedo está donde siempre ha estado por mucho que se empeñe en bautizar este proceso como «caza de brujas» a sabiendas de lo que significa ese término. Por mucho que nos tire las leyes a la cara y nos hable de procedimientos para hacernos sentir que no tenemos ni idea de nada.

Ha querido usted darnos clases magistrales a las mujeres de algo en lo que tenemos un doctorado y como dice mi padre, «de esa tela tengo yo un traje» así que Caperucita le vio las orejas al lobo desde el principio. Porque ¡oh, sorpresa!, Caperucita no es imbécil, ni la abuelita, ni el vecino del quinto y al igual que yo, ellos y todo el mundo sabe que habría dado igual que ella hubiese sacado un cartel luminoso con el «NO» parpadeando porque su suerte habría sido la misma.

Parafraseándole a usted, «los hechos son los hechos» así que lo inevitable se ha abierto camino como el caudal del río. Y ya que tanto se agarra a los tecnicismos y las leyes comprenderá lo ineludible de una sentencia por lo que ahora, cuando termine de patalear, le toca callar. Pedir perdón en nombre de sus clientes y actuar en beneficio de ellos. Pero no pretendiendo quitarles años de condena sino añadiéndoles años de terapia con la esperanza de que algún día no sea la justicia la que hable sino la empatía. Porque ella, aunque usted no lo crea señor mío, ya dijo NO con todas su fuerzas.

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