Y lo de pertenecer al mar

Miras a un lado, al otro, sólo mar. Una extensión vasta e infinita de agua hasta donde alcanza la vista. Tus piernas agitándose sin parar mientras empiezan a hormiguear. De repente tienes frío, mucho frío, ya no las sientes. Ni los brazos ni las manos. Te agotas, tu cuerpo no puede más. Comienzas a hundirte y lloras, gritas y rezas. Nadie te oye, ni siquiera el Altísimo. No has existido nunca, tu vida es para muchos basura y lo sabes, lo has sabido siempre pero ahora lo confirmas. Compruebas con terror que te estás hundiendo, ya nada importa. «Ojalá en otra vida importe, ojalá esta nada me trate mejor».

Mientrastanto y desde sus lujosos despachos, señores se hunden en sillones de piel y se fusionan con ellos. Estos «sillores» aprietan botones, botones de vida o muerte pero sin mirar ninguna de esas cosas a la cara. Los «sillores» nunca se manchan las manos porque siempre esperan que otros les hagan el trabajo sucio. Nunca ven las caras de mujeres, hombres y niños implorando ayuda desde el mar al que pronto pertenecerán. Pero esto no es lo peor, lo peor es que todos sabemos que a estos seres que manejan el mundo les daría igual que se muriese quien fuera delante de ellos mientras puedan salvar su culo.