Y lo de las uvas

Existía el convencimiento de que la tradición de comerse las uvas en Nochevieja surgió de un excedente en 1909 por parte de unos agricultores alicantinos.

Sin embargo leí que desde 1896 varios periódicos comenzaron a relatar que entre los círculos más elitistas de nuestro país aquello se estaba convirtiendo en una costumbre.  «La Opinión de Tenerife» el 9 de enero de 1903 publicaba: «Nos disponemos a comerlas (una por cada campanada de las doce), en compañía de la dama con quien hayamos salido estrechados».

Familias de clase media y obrera acudían a la Puerta del Sol cada 31 de diciembre para burlarse de la burguesía y su tradición supuestamente importada de Francia y Alemania. En aquel excedente de 1909  se terminó por afianzar este rito con el que seguimos más de un siglo después, cuidao con la tontería.

Cada año, sin excepciones te comes sin reparo esas uvas. Siempre está el típico que las pela, las parte por la mitad o les quita las semillas. «Qué hartura», pienso yo siempre, «¿no se da cuenta de que si lo hace fácil no le van a dar suerte?». Mientras, yo me cojo las más grandes que haya, con más pepitas y más jugo. «¿Lo estoy haciendo bien, ¡oh! Todopoderoso Universo?».