Sweet Disarray – Dan Croll

A veces pienso qué podría haber sido yo si mis miedos no me impidieran ver la luz. Si en lugar de estar quejándome y pensando de más, me hubiese entregado a lo que mi corazón me pide. De toda la vida he tenido un oído espectacular para la música, una pasión desenfrenada por ella y sin embargo, y aunque mi corazón me lo pide, nunca le he dado salida a esa pasión.

Esto me ha provocado muchas veces una frustración muy seria con mi existencia. En el caso de la música, es como una quemazón constante. Una sensación de llevar algo dentro y no saber cómo darle forma y cómo esquivar esos pensamientos porque realmente la ilusión existe. Las ganas de hacer cosas nuevas están ahí pero yo solita y sin que nadie me ayude me espoileo. Ya sé el final, sorpresa, la vas a cagar.

¿Por qué? Porque el miedo me paraliza. No puedo explicar la sensación que tengo cuando comienzo algo nuevo. Esa sensación de que te están mirando, que te están juzgando y que no lo estás haciendo bien. Básicamente es un miedo patológico a fracasar. Esta sensación me ha acompañado siempre, pero desde hace unos años se ha agudizado porque estos miedos se materializan. Es decir, con estos pensamientos yo misma arruino todo lo que empiezo en lugar de disfrutarlo y dejarme llevar.

Lucho cada día por superar esa lucha interna constante, por poner la mente en blanco aunque fuese un minuto, no sé si algún día lo conseguiré. Mientras tanto, me paso la vida envidiando a la gente que da salida a esa creatividad, que hace lo que tiene que hacer y no duda. O a lo mejor sí, pero al final lo que les queda es la pasión que les sale por los poros. Y contar con eso, amigo mío, vale un tesoro.

 

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