Sweet Disarray – Dan Croll

A veces pienso qué podría haber sido yo si mis miedos no me impidieran ver la luz. Si en lugar de estar quejándome y pensando de más, me hubiese entregado a lo que mi corazón me pide. De toda la vida he tenido un oído espectacular para la música, una pasión desenfrenada por ella y sin embargo, y aunque mi corazón me lo pide, nunca le he dado salida a esa pasión.

Esto me ha provocado muchas veces una frustración muy seria con mi existencia. En el caso de la música, es como una quemazón constante. Una sensación de llevar algo dentro y no saber cómo darle forma y cómo esquivar esos pensamientos porque realmente la ilusión existe. Las ganas de hacer cosas nuevas están ahí pero yo solita y sin que nadie me ayude me espoileo. Ya sé el final, sorpresa, la vas a cagar.

Espinacas

Estamos ante un peso pesado de la nutrición. Y no lo digo sólo por el hierro sino por todas las características que tiene este vegetal tan completo. A la vez, las espinacas son las verduras más odiadas que existen. Sinceramente nunca he tenido problemas con ellas pero conozco mucha gente que hoy por hoy y siendo adultos no pueden soportarlas. Entiendo que tienen un sabor peculiar e intenso pero hay que darles una oportunidad porque son estupendas.

Hace tiempo descubrí que crudas están deliciosas. Se ha convertido en una especie de obsesión para mí que las verduras no pierdan sus propiedades así que siempre que puedo las consumo crudas porque así conservan todos sus nutrientes y no pierden agua.

Y lo de los ojos marrones

Cierra los ojos. Imagina un mundo en el que de repente tener los ojos marrones es algo reprobable. Alguien con ojos azules, verdes o negros, decide que así debe ser porque tener los ojos marrones es fruto de una vida censurable. A partir de ahora tener ojos marrones es como una enfermedad contagiada de tus padres que por supuesto están en el ajo y son absolutamente culpables.

Los ojos marrones son encarcelados, torturados, vilipendiados, ridiculizados y marginados. Millones de personas alrededor del mundo sufrirán un escarnio público inimaginable y consentido por parte de los ojos azules, verdes, grises y negros.

En la ciudad sin límites – Antonio Hernández

Leyendo algunas críticas de esta película me da por pensar que hemos perdido un poco la capacidad de sentir los detalles, de apreciar la belleza y de observar lo que se nos está queriendo mostrar. Si has perdido el don de la espera, de saber degustar las mieles de Capra, de dejarte llevar por un sueño que te conduzca a viajar; si has dejado de sentir el amor, la fraternidad entonces seguramente esta cinta no te llegue en absoluto.

Creo que es de la relaciones padre-hijo más bonitas que he visto en el cine. Y no es de extrañar porque estamos hablando de Fernando Fernán Gómez, alias « ¡A la mierda!» y Leonardo Sbaraglia, alias «Estoy cañón y lo sé». Ambos hacen un tándem perfecto a la hora de llevarte por el viaje misterioso que es la vida de Max, un empresario de éxito que ahora en su vejez se debate entre la vida y la muerte a causa de un tumor. Su hijo se tendrá que enfrentar a algo más que a un viejo gruñón, rebelde y cabezón.