El elefante en la habitación

Siempre has sido raruna, las cosas como son. De pequeña te encantaba jugar sola en el patio y aunque tenías amigos, apreciabas esa soledad como un tesoro y sólo querías jugar cuando a ti te apetecía y a lo que a ti te apetecía. Sin problema ninguno ¿eh?, no jugabas y ya. Pero esos pobres niños, mortales normales, deseaban salir a berrear como morlacos y correr cuales gacelas y a ti eso no te iba. Esa necesidad de desfogar tú no la tenías, eras más de desfogar pa’ dentro y de quedarte pensando en la inopia.

Te pasabas la hora del recreo encima del número de tu clase donde comenzaba la fila una vez que el timbre sonaba. Así sabías que sin duda alguna serías la primera para entrar a clase y rápidamente poder abstraerte del ruido ensordecedor que supone un patio de colegio. Como mucho jugabas a las palmas con alguna otra alma cándida, o a la gomita elástica esa de saltar y hacerte un lío con los pies mientras cantas. Los profesores siempre te miraban raro, o te reñían y te obligaban a hacer el cenutrio. Fingías un ratito y luego volvías a tu sitio. Te pillaban:«¿Otra vez aquí? ¡Venga a correr por ahí!».

Entrabas en clase. Lo que hablaba el profesor no te motivaba salvo en contadas ocasiones. Te quedabas soñando y pensando en las cosas que te gustaban. Tuviste la suerte de que eras una niña inteligente (o eso decían) que sin trabajar aprobaba, pero era peor, porque aún te exigían más. Tenías que sacar el máximo, si no, no valía. A tus padres les decían que eras una vaga, que no te esforzabas, que te costaba ponerte a hacer tus obligaciones. Y tú, en tu infinita inocencia pensabas: ¿pero por qué no me ponen asignaturas que me gusten y se me den bien?

Te empezaste a sentir una niña fuera de lo común:
1º No querías comunión ni con regalos y si la hacías tenía que ser con una falda roja con lunares blancos que finalmente te compraron para asistir a la comunión de otro. Tenías suficiente con la chapa que te daban en el colegio como para que encima cuando salías, que por fin eras libre, un señor con una batamanta se te pusiese a hablar de no sé qué paloma mágica que eran tres en uno como el lubricante. A ti no te la daban con queso. Serías la rara de la clase por no haber tomado la comunión y no tener regalos pero tenías las tardes libres (pringados). Vamos que en ética sólo erais dos, tú y la otra alma cándida, la de las palmas.

2º Tenías siete años y te meabas en la cama (pues sí, ¿algún problema?). Te fuiste a una granja escuela y tu madre le dio una lista a la monitora más larga que la de un gremlin. Por la mañana hiciste la cama como si no hubiese pasado nada y te fuiste a desayunar. La monitora te preguntó al oído si habías hecho pis en la cama y le dijiste que no, mentiste como una bellaca de la vergüenza que sentías. Los compañeros te preguntaron lo que te había dicho y les dijiste que te había preguntado si habías soñado algo bonito esa noche. A partir de ahí te convertiste en una experta en esconder tus cosas y sentimientos.

3º Te bajó la regla a los nueve años (casi se te junta con el meao). Llegaste a tu casa y cuando viste ese percal en tus braguitas rosas de conejitos pensaste: «te has cagado encima pero te has cagado raro, porque no te has enterado». Era la única opción, nadie te había hablado de ello, no tenías hermanas, sólo dos hermanos mayores con los que jugabas al Pressing Catch. Y tu madre no se esperaría que te pasase tan pequeña, pensaría: «Bah, tengo tiempo, un par de años puedo retrasar la charla». Con lo cual le fuiste a tu madre con las bragas por las rodillas: «¡Mamá, que me he cagao!». Tu madre, con lágrimas en los ojos dijo: «Mi niña…ya es mujer». Y tu: «Pues fale», sin saber la que se te venía encima.

Hay una expresión en inglés que reza así: «There is an elephant in the room», significa «hay un elefante en la habitación» que, metafóricamente hablando viene a decir que hay una situación grave que queremos evitar o que no queremos ver. Tú siempre tuviste ese elefante presente. Te sentías rara, diferente a los demás, parecías una persona sociable, completa, pero no terminabas de serlo. Conforme pasaban los años sentías cómo ese elefante se hacía más y más grande. No lo podías ignorar, tenías una sensibilidad exagerada y además eras especial, ¿pero especial para qué?

Tienes talentos absurdos que no sirven para nada en el mundo real, como reconocer una canción en segundos o saber en qué película salió no sé qué actor que no conoce ni Dios, y te sabes el nombre y todo. También sabes sentir el ánimo de las personas en cuanto las ves, tener unos sentidos hiperdesarrollados cual superhéroe.

Estudiaste cosas, que en su momento pensaste que eran para ti, pero después te diste cuenta de que tampoco, de que no eras realmente buena o no habías sabido explotarlo de la manera adecuada. Eres peculiar, tienes una familia peculiar y ahora tienes un trastorno con el cual son bendecidas del tres al ocho por ciento de las mujeres en edad fértil, con lo cual eres todavía más peculiar. Llegados a este punto, ¿qué vas a hacer?
Chica, ese elefante no se va a ir, juguemos con él.

Dejar un comentario