Odisea en el espacio

– Disculpa la tardanza. Es que tengo un paciente con el síndrome de Estocolmo y no había manera de que se fuese a su casa. Decía que en su casa había demasiado espacio y que no lo podía soportar. Han tenido que venir los bomberos…un cuadro vaya, no quiero aburrirte.

– Tranquila, lo entiendo.

– ¿Cómo estás?

– Bien.

– …

– …

– ¿Cómo estás de verdad?

– De verdad que bien.

– ¿Y eso?

– Pues no sé. Será que hoy es un día de los buenos.

– Genial, así podremos trabajar mejor.

– Sí.

– Te he traído esto.

– ¿Qué son?

– Me dijiste que soñabas mucho y que a veces confundías sueño con realidad, así que aquí tienes dos cuadernos, uno para lo que sueñas y otro para cuando estás despierta. El de soñar lo tendrás siempre en tu mesita y escribirás lo que has soñado nada más te despiertes. Tú siempre te acuerdas de lo que sueñas así que es toda una ventaja.

– Son bonitos.

– Gracias. Pero no cambies de tema.

El oscuro pasajero

– ¿Has traído tu lista de miedos?

– Sí, la tengo aquí.

– Léemela.

– Tengo miedo a lo desconocido, miedo a lo cotidiano y miedo a fracasar.

-Vale. Ahora enumérame los miedos que no tienes y que crees que la mayoría de la gente sí tiene.

– No tengo miedo a ser diferente, ni a la muerte, ni a que me ataquen en mitad de la noche en mi casa, ni a que me roben, ni tengo fobias de ningún tipo.

– Genial, ¿te has dado cuenta?

– ¿De qué?

– De que tienes una suerte inmensa. Piensa en los miedos de tu lista. Miedo a lo desconocido, a lo cotidiano y a fracasar. ¿Te das cuenta de que tener miedo a lo desconocido y también a lo cotidiano es una incongruencia?

El elefante en la habitación

Siempre has sido raruna, las cosas como son. De pequeña te encantaba jugar sola en el patio y aunque tenías amigos, apreciabas esa soledad como un tesoro y sólo querías jugar cuando a ti te apetecía y a lo que a ti te apetecía. Sin problema ninguno ¿eh?, no jugabas y ya. Pero esos pobres niños, mortales normales, deseaban salir a berrear como morlacos y correr cuales gacelas y a ti eso no te iba. Esa necesidad de desfogar tú no la tenías, eras más de desfogar pa’ dentro y de quedarte pensando en la inopia.