Y lo de cuando ella dijo no

Ella estaba feliz, sin miedo. De fiesta; bebiendo, bailando y riendo. Se cruzó en vuestro camino. Vosotros la visteis como la presa que andabais buscando, ella os vio como unos tíos graciosos que la hacían reír. Tal vez tenía la autoestima un poco baja, tal vez no. Tal vez sintió que había ligado, tal vez no quería estar sola pero lo que es seguro es que dijo no. A lo mejor no la oísteis porque vuestro propósito gritaba más fuerte y no ibais a dejar pasar la oportunidad. O quizás sí, pero os dio igual. Os dio igual que os dijera que no con todo su ser, con todo su cuerpo mientras lo abandonaba.

La oísteis, claro que la oísteis, os habló y vosotros respondisteis desde la violencia y las entrañas. Con la alevosía del que siempre ha cogido sin pedir permiso le robasteis sus pedazos para que no se le ocurriera recomponerse. Y con esa misma estela de dolor con la que llegasteis os fuisteis para seguir esparciendo sufrimiento por el mundo con la tranquilidad del que se sabe inmune.

Y lo de los ojos marrones

Cierra los ojos. Imagina un mundo en el que de repente tener los ojos marrones es algo reprobable. Alguien con ojos azules, verdes o negros, decide que así debe ser porque tener los ojos marrones es fruto de una vida censurable. A partir de ahora tener ojos marrones es como una enfermedad contagiada de tus padres que por supuesto están en el ajo y son absolutamente culpables.

Los ojos marrones son encarcelados, torturados, vilipendiados, ridiculizados y marginados. Millones de personas alrededor del mundo sufrirán un escarnio público inimaginable y consentido por parte de los ojos azules, verdes, grises y negros.

Y lo de Verónica

Ellos decidieron que no era para tanto, que si te grabas es tu problema, no haberte grabado. Pero Verónica no se grabó para vosotros, necios, se grabó para él porque lo amaba.  Ella te entregó su cuerpo, lo más sagrado que tenía, te entregó su alma y todo su ser a ti. ¿Y si ese que tanto decía amarla se hubiese guardado ese vídeo? ¿Y si lo hubiese apreciado como lo que era, un regalo precioso y preciado sólo para él?

Llevabas años extorsionada y acosada por un miserable que no consintió dejarte porque quería que fueses suya. Tenías una vida «plena» pero aún así parece que no tenías nada porque nadie te agarró cuando estabas colgando del precipicio. Ni siquiera ese que decía amarte ahora y con el que compartías tu cama cada noche. No era tu culpa, nunca lo fue, porque amaste y amabas y eso nunca es ni será un pecado.

Y lo de las Vegas

Los niños dan miedo. Dan muchísimo miedo. ¿Por qué? Porque te ven. Ven a través de ti como si fueses transparente. Lo saben todo de ti, tus debilidades, tus miedos…te toman la medida pero rápido y te lo dicen en la cara. Si eres feo→ ¡Qué feo eres, se te va un ojo! Si te huele el aliento → ¡Te huele el aliento a perro muerto!

Esa especie de sabiduría infantil y esa sinceridad inocente que se supone todos tuvimos alguna vez puede ser considerada como una cualidad que va desapareciendo con el tiempo. Menos en mi caso porque yo jamás la tuve, ni la sabiduría ni la sinceridad. Mira que podría haber aprovechado en esa época para no callarme las cosas, tenía el comodín de ser un infante al que se le perdona todo por el simple hecho de serlo pero no, siempre fui la más empanada del lugar. Un cachorrillo inocente, pasto de otros perros de presa más audaces, rápidos y espabilados que yo.

Y lo de las SS

La seguridad social. A ver como lo digo…¡Ah, sí! El infierno terrenal. Y no me refiero a las esperas, la mala atención y poca consideración de algunos médicos (que eso ya da para un capítulo aparte) sino a la gente. ¿Qué le pasa a la gente cuando va al médico? ¿Por qué se vuelven locos conforme entran por la puerta? ¿Te suministran Amargadín Forte 1 gramo en vena y yo no me he enterado?