Y lo del yoga

A veces, a mi cabecita (que no para nunca quieta) se le ocurren las ideas más disparatadas, los retos más absurdos o las profesiones más rocambolescas a las que me podría dedicar. Emprendo esas ideas con una ilusión sin medida y a los dos días esa ilusión se esfuma tal y como había venido. Consecuencia: A mi edad colecciono un cementerio de ideas e ilusiones rotas que ya lo querrían muchos. No me preguntes por qué lo hago, a mí también me encantaría saberlo.

Sin embargo hay algo que con mucho trabajo ha aflorado en mí desde hace meses: Doña Constancia.

(Dramatización)

-Yo: Hola señora Constancia ¿Cómo está usted? Me alegro de conocerla.

– La Constans: Es un placer. Aunque ya nos conocíamos. Yo la saludo siempre pero usted pasa de largo.

– Yo: Bueno, es que nunca llevaba las gafas puestas y no podía reconocerla pero ahora que ya veo podemos ser amigas para siempre.

– La  Constans: Serénese mija. Conmigo las cosas poco a poco.

(Fin de dramatización (nunca))

Gracias a la Constans conseguí rutinas y hábitos. Gracias a la Constans llevo meses haciendo ejercicio por mi cuenta y he perdido muuucho peso. Y gracias a la Constans conseguiré lo que quiera, lo dice Mr. Wonderful.

Y lo de las uvas

Existía el convencimiento de que la tradición de comerse las uvas en Nochevieja surgió de un excedente en 1909 por parte de unos agricultores alicantinos.

Sin embargo leí que desde 1896 varios periódicos comenzaron a relatar que entre los círculos más elitistas de nuestro país aquello se estaba convirtiendo en una costumbre.  «La Opinión de Tenerife» el 9 de enero de 1903 publicaba: «Nos disponemos a comerlas (una por cada campanada de las doce), en compañía de la dama con quien hayamos salido estrechados».

Familias de clase media y obrera acudían a la Puerta del Sol cada 31 de diciembre para burlarse de la burguesía y su tradición supuestamente importada de Francia y Alemania. En aquel excedente de 1909  se terminó por afianzar este rito con el que seguimos más de un siglo después, cuidao con la tontería.

Cada año, sin excepciones te comes sin reparo esas uvas. Siempre está el típico que las pela, las parte por la mitad o les quita las semillas. «Qué hartura», pienso yo siempre, «¿no se da cuenta de que si lo hace fácil no le van a dar suerte?». Mientras, yo me cojo las más grandes que haya, con más pepitas y más jugo. «¿Lo estoy haciendo bien, ¡oh! Todopoderoso Universo?».

Y lo de España

España llevaba presa en una cárcel de odio durante décadas. Cuando su carcelero murió, por fin pudo salir. Ella estaba eufórica, todo parecía perfecto. Era libre y se le presentaba un futuro emocionante. Excepto por una cosa, tenía un dolorcillo en el corazón. Nada grave, pero continuo y molesto.

España finalmente fue al médico con ese dolor porque no se le pasaba:

– Médico uno: No te preocupes, es normal después de todo lo que has pasado. Te voy a recetar unos analgésicos por si te duele mucho y ya verás como pasa pronto.

Pasado un tiempo mejoró pero todavía le dolía por lo que fue a otro médico en busca de una solución mejor:

– Médico dos: Su corazón va bien. De hecho va tan bien que le voy a coger unos cuantos trozos para mí porque usted tiene demasiado. No se preocupe, porque eso le va ayudar a tener un corazón más fuerte. Será usted la envidia del resto de países.

Y lo de los abuelos

Convertirse en abuelo no se elige. Es como una segunda oportunidad que la vida te regala para enmendar los errores que cometiste la primera vez. O simplemente para disfrutar. Disfrutar de lo que supone que esos hijos que criaste se conviertan en padres. Ver cómo deciden traer al mundo a un ser humano tal cual hiciste tú en su día. Y verlos crecer a todos, evolucionar, sentirte como un pájaro que ha cuidado bien su nido.

Los que tuvimos suerte de disfrutar de nuestros abuelos (yo conocí a tres y siempre tendré la espinita de que me faltó uno) sabemos que son como un gran tesoro. Una caja de recuerdos que no regalaríamos por nada del mundo. Me enerva la gente que no los respeta, que los ven como algo gastado que ya no vale. En lugar de tratarlos como historia viva y andante.

Tengo en mi mente grabadas a fuego las historias de mi yayo Tomás que escuchábamos con la boca abierta. De la guerra, del campo, de los vecinos del cortijo, de los animales…Historias que me parecían tan lejanas y que ahora comienzo a comprender.

Y lo de pertenecer al mar

Miras a un lado, al otro, sólo mar. Una extensión vasta e infinita de agua hasta donde alcanza la vista. Tus piernas agitándose sin parar mientras empiezan a hormiguear. De repente tienes frío, mucho frío, ya no las sientes. Ni los brazos ni las manos. Te agotas, tu cuerpo no puede más. Comienzas a hundirte y lloras, gritas y rezas. Nadie te oye, ni siquiera el Altísimo. No has existido nunca, tu vida es para muchos basura y lo sabes, lo has sabido siempre pero ahora lo confirmas. Compruebas con terror que te estás hundiendo, ya nada importa. «Ojalá en otra vida importe, ojalá esta nada me trate mejor».

Mientrastanto y desde sus lujosos despachos, señores se hunden en sillones de piel y se fusionan con ellos. Estos «sillores» aprietan botones, botones de vida o muerte pero sin mirar ninguna de esas cosas a la cara. Los «sillores» nunca se manchan las manos porque siempre esperan que otros les hagan el trabajo sucio. Nunca ven las caras de mujeres, hombres y niños implorando ayuda desde el mar al que pronto pertenecerán. Pero esto no es lo peor, lo peor es que todos sabemos que a estos seres que manejan el mundo les daría igual que se muriese quien fuera delante de ellos mientras puedan salvar su culo.