Y lo del coronaboris

Hace miles de años que el ser humano hizo su aparición estelar en este planeta. Durante estos años nuestra especie ha pasado de ser una más, a creerse la primera y única. Y con la soberbia de quien se cree sólo en el universo, ella agita la vara de la invulnerabilidad como si de un niño con un juguete nuevo se tratase.

Solo ella posee raciocinio pero, sin embargo, es la única que no es consciente que está aquí de paso como todas y cada una de las formas de vida que existen en este planeta. Que no es más que un mono, una mosca o una manzana y que no sabe dar gracias por tener un espacio que compartir con esos seres y que sólo sabe poseer.

Y entonces llega la naturaleza. Y como el meteorito a los dinosaurios le pega con toda su fuerza. Le hace darse cuenta de lo frágil que es su existencia y de que no es invencible. Aún así existen personas de miras estrechas que se niegan a ver. Que no comprenden todavía de qué va todo esto y que se niegan a bajarse de ese podio que creen inexpugnable. 

Y lo de la purga

¿Cómo te sentirías si durante prácticamente un mes el sitio donde vives se convirtiese en una ciudad sin ley?  ¿Qué pensarías si cada vez que pisas la calle se convirtiera en una especie de lucha por volver sano y salvo a tu casa? Pensarías que eso no es posible, que cómo se podría permitir eso. Pues es posible, desde el uno de marzo los valencianos vivimos nuestra purga particular: las fallas.

Desde ayer, los que vivimos en Valencia y sus pueblos tenemos que soportar calles cortadas, niños (y no tan niños) armados con petardos, verbenas y fiestas hasta las mil de la mañana, orines, vómitos y gente borracha por doquier cual Walking dead. Y lo peor de todo, que esto no es un día como en la peli de la purga, sino veinte.

En estos veinte días mi preciosa ciudad se convertirá en un estercolero en el que la permisividad campará a sus anchas. Los falleros y los turistas tomarán sus calles y los demás tendremos que huir a las montañas o encerrarnos en nuestros bunkers para protegernos de la locura que supone esta fiesta cada año.

Y lo del yoga

A veces, a mi cabecita (que no para nunca quieta) se le ocurren las ideas más disparatadas, los retos más absurdos o las profesiones más rocambolescas a las que me podría dedicar. Emprendo esas ideas con una ilusión sin medida y a los dos días esa ilusión se esfuma tal y como había venido. Consecuencia: A mi edad colecciono un cementerio de ideas e ilusiones rotas que ya lo querrían muchos. No me preguntes por qué lo hago, a mí también me encantaría saberlo.

Sin embargo hay algo que con mucho trabajo ha aflorado en mí desde hace meses: Doña Constancia.

(Dramatización)

-Yo: Hola señora Constancia ¿Cómo está usted? Me alegro de conocerla.

– La Constans: Es un placer. Aunque ya nos conocíamos. Yo la saludo siempre pero usted pasa de largo.

– Yo: Bueno, es que nunca llevaba las gafas puestas y no podía reconocerla pero ahora que ya veo podemos ser amigas para siempre.

– La  Constans: Serénese mija. Conmigo las cosas poco a poco.

(Fin de dramatización (nunca))

Gracias a la Constans conseguí rutinas y hábitos. Gracias a la Constans llevo meses haciendo ejercicio por mi cuenta y he perdido muuucho peso. Y gracias a la Constans conseguiré lo que quiera, lo dice Mr. Wonderful.

Y lo de las uvas

Existía el convencimiento de que la tradición de comerse las uvas en Nochevieja surgió de un excedente en 1909 por parte de unos agricultores alicantinos.

Sin embargo leí que desde 1896 varios periódicos comenzaron a relatar que entre los círculos más elitistas de nuestro país aquello se estaba convirtiendo en una costumbre.  «La Opinión de Tenerife» el 9 de enero de 1903 publicaba: «Nos disponemos a comerlas (una por cada campanada de las doce), en compañía de la dama con quien hayamos salido estrechados».

Familias de clase media y obrera acudían a la Puerta del Sol cada 31 de diciembre para burlarse de la burguesía y su tradición supuestamente importada de Francia y Alemania. En aquel excedente de 1909  se terminó por afianzar este rito con el que seguimos más de un siglo después, cuidao con la tontería.

Cada año, sin excepciones te comes sin reparo esas uvas. Siempre está el típico que las pela, las parte por la mitad o les quita las semillas. «Qué hartura», pienso yo siempre, «¿no se da cuenta de que si lo hace fácil no le van a dar suerte?». Mientras, yo me cojo las más grandes que haya, con más pepitas y más jugo. «¿Lo estoy haciendo bien, ¡oh! Todopoderoso Universo?».

Y lo de España

España llevaba presa en una cárcel de odio durante décadas. Cuando su carcelero murió, por fin pudo salir. Ella estaba eufórica, todo parecía perfecto. Era libre y se le presentaba un futuro emocionante. Excepto por una cosa, tenía un dolorcillo en el corazón. Nada grave, pero continuo y molesto.

España finalmente fue al médico con ese dolor porque no se le pasaba:

– Médico uno: No te preocupes, es normal después de todo lo que has pasado. Te voy a recetar unos analgésicos por si te duele mucho y ya verás como pasa pronto.

Pasado un tiempo mejoró pero todavía le dolía por lo que fue a otro médico en busca de una solución mejor:

– Médico dos: Su corazón va bien. De hecho va tan bien que le voy a coger unos cuantos trozos para mí porque usted tiene demasiado. No se preocupe, porque eso le va ayudar a tener un corazón más fuerte. Será usted la envidia del resto de países.