Y lo del universo

En una de esas noches infinitas en las que a mi cabeza le da por funcionar a 100.000 revoluciones (en vez de a 50.000 que es lo habitual) me dio por pensar en mí. Pero no en mí como ser consciente, ni en mis tribulaciones, sino en mí como materia.

Comencé a reparar en mi pulso, sangre, piel y órganos. En que esta maquinaria perfectamente engrasada es lo que me separa de existir o no y que este universo en su infinitud me había hecho finita. Y es que somos levedad, como decía Manolo García.

En un accidente totalmente fortuito y aleatorio esa noche me encontraba ahí, igual que todas las noches e igual que todos los demás seres.

Siendo.

Respirando.