Y lo de España

España llevaba presa en una cárcel de odio durante décadas. Cuando su carcelero murió, por fin pudo salir. Ella estaba eufórica, todo parecía perfecto. Era libre y se le presentaba un futuro emocionante. Excepto por una cosa, tenía un dolorcillo en el corazón. Nada grave, pero continuo y molesto.

España finalmente fue al médico con ese dolor porque no se le pasaba:

– Médico uno: No te preocupes, es normal después de todo lo que has pasado. Te voy a recetar unos analgésicos por si te duele mucho y ya verás como pasa pronto.

Pasado un tiempo mejoró pero todavía le dolía por lo que fue a otro médico en busca de una solución mejor:

– Médico dos: Su corazón va bien. De hecho va tan bien que le voy a coger unos cuantos trozos para mí porque usted tiene demasiado. No se preocupe, porque eso le va ayudar a tener un corazón más fuerte. Será usted la envidia del resto de países.

Y lo de los abuelos

Convertirse en abuelo no se elige. Es como una segunda oportunidad que la vida te regala para enmendar los errores que cometiste la primera vez. O simplemente para disfrutar. Disfrutar de lo que supone que esos hijos que criaste se conviertan en padres. Ver cómo deciden traer al mundo a un ser humano tal cual hiciste tú en su día. Y verlos crecer a todos, evolucionar, sentirte como un pájaro que ha cuidado bien su nido.

Los que tuvimos suerte de disfrutar de nuestros abuelos (yo conocí a tres y siempre tendré la espinita de que me faltó uno) sabemos que son como un gran tesoro. Una caja de recuerdos que no regalaríamos por nada del mundo. Me enerva la gente que no los respeta, que los ven como algo gastado que ya no vale. En lugar de tratarlos como historia viva y andante.

Tengo en mi mente grabadas a fuego las historias de mi yayo Tomás que escuchábamos con la boca abierta. De la guerra, del campo, de los vecinos del cortijo, de los animales…Historias que me parecían tan lejanas y que ahora comienzo a comprender.