Y lo de pertenecer al mar

Miras a un lado, al otro, sólo mar. Una extensión vasta e infinita de agua hasta donde alcanza la vista. Tus piernas agitándose sin parar mientras empiezan a hormiguear. De repente tienes frío, mucho frío, ya no las sientes. Ni los brazos ni las manos. Te agotas, tu cuerpo no puede más. Comienzas a hundirte y lloras, gritas y rezas. Nadie te oye, ni siquiera el Altísimo. No has existido nunca, tu vida es para muchos basura y lo sabes, lo has sabido siempre pero ahora lo confirmas. Compruebas con terror que te estás hundiendo, ya nada importa. «Ojalá en otra vida importe, ojalá esta nada me trate mejor».

Mientrastanto y desde sus lujosos despachos, señores se hunden en sillones de piel y se fusionan con ellos. Estos «sillores» aprietan botones, botones de vida o muerte pero sin mirar ninguna de esas cosas a la cara. Los «sillores» nunca se manchan las manos porque siempre esperan que otros les hagan el trabajo sucio. Nunca ven las caras de mujeres, hombres y niños implorando ayuda desde el mar al que pronto pertenecerán. Pero esto no es lo peor, lo peor es que todos sabemos que a estos seres que manejan el mundo les daría igual que se muriese quien fuera delante de ellos mientras puedan salvar su culo.

Y lo del cortijo

No son pocas las veces que he fantaseado con abandonar la civilización y retirarme al bosque. Mi familia tiene un cortijo en medio de la nada donde es una maravilla perderse. Está rodeado de la naturaleza más salvaje, de montañas infinitas y ríos dolorosamente fríos. El cortijo no tiene luz, ni agua y de milagro tiene wc pero ese es realmente su encanto. Esa sensación de estar en paz, de sentir la conexión verdadera con el mundo es invaluable.

He pasado todos los veranos de mi vida allí, bañándome, escalando, bailando, comiendo del huerto, leyendo y mirando cada noche las estrellas más brillantes y puras que he visto en mi vida. No es de extrañar que cuando volvía a mí casa después de dos meses me sintiera extremadamente rara. Ducharme en una ducha, enchufar en un enchufe (valga la rebuznancia) o ver la televisión me parecían marcianadas.

Captain Fantastic – Matt Ross

Cuando hablamos de sociedad en el más estricto sentido de la palabra siempre me evoca hacia la estructura de una máquina. Cada pieza es fundamental, todas son importantes para el correcto funcionamiento de esa máquina. Si una de esas piezas falla, por pequeña que sea, todo se desmoronará. «Captain Fantastic» nos lanza en la cara con maestría esas piezas a las que no hemos prestado atención. Sorpresa, nuestra máquina está rota.

Con una maestría soberbia la película nos muestra a un padre criando a sus hijos desde una perspectiva alejada de la sociedad. Lo que al principio nos parece una locura poco a poco nos parecerá la extravagancia más lúcida que podamos imaginar. Como en «La República» de Platón, ese padre junto a su mujer (que ahora está enferma) han creado una utopía en la que sus habitantes son súper hombres y súper mujeres. Despiertan con el alba para recorrer las montañas en un entrenamiento extremo, escalarlas y entrar en conexión con nuestra verdadera madre, la naturaleza. Leen sin parar, son autodidactas y tienen pensamiento crítico, se cuestionan todo lo que les rodea y son perfectamente autosuficientes.

Y lo de cuando ella dijo no

Ella estaba feliz, sin miedo. De fiesta; bebiendo, bailando y riendo. Se cruzó en vuestro camino. Vosotros la visteis como la presa que andabais buscando, ella os vio como unos tíos graciosos que la hacían reír. Tal vez tenía la autoestima un poco baja, tal vez no. Tal vez sintió que había ligado, tal vez no quería estar sola pero lo que es seguro es que dijo no. A lo mejor no la oísteis porque vuestro propósito gritaba más fuerte y no ibais a dejar pasar la oportunidad. O quizás sí, pero os dio igual. Os dio igual que os dijera que no con todo su ser, con todo su cuerpo mientras lo abandonaba.

La oísteis, claro que la oísteis, os habló y vosotros respondisteis desde la violencia y las entrañas. Con la alevosía del que siempre ha cogido sin pedir permiso le robasteis sus pedazos para que no se le ocurriera recomponerse. Y con esa misma estela de dolor con la que llegasteis os fuisteis para seguir esparciendo sufrimiento por el mundo con la tranquilidad del que se sabe inmune.

El brillo de las luciérnagas – Paul Pen

«Tengo diez años y llevo toda mi vida dentro de este sótano. Vivo en la oscuridad con mis padres, mi abuela, mi hermana y mi hermano. Todos están desfigurados por el fuego. Mi hermana lleva una máscara blanca para tapar sus quemaduras, porque papá dice que su cara podría asustarme. Me gusta mi cactus. Me gusta leer mi libro sobre insectos. Y tocar durante horas el único rayo de sol que se filtra por una rendija del techo.

…Pero desde que mi hermana tuvo al bebé, todos actúan de forma extraña. Creo que me cuentan mentiras sobre quién es el padre, sobre el Hombre Grillo que acecha por las noches, sobre lo que sucedió antes de que yo naciera, sobre por qué estamos aquí encerrados. Por lo menos tengo a las luciérnagas. Llegaron hace unos días al sótano y las he guardado en un bote. Como dice mi abuela, no existe criatura más fascinante que aquella que es capaz de crear luz por sí misma. Esa luz me anima a conocer el mundo exterior, escapar, descubrir qué le sucedió a mi familia. Lo malo es que aquí todas las puertas están cerradas. Y no sé dónde voy a encontrar una salida…»