Y lo de España

España llevaba presa en una cárcel de odio durante décadas. Cuando su carcelero murió, por fin pudo salir. Ella estaba eufórica, todo parecía perfecto. Era libre y se le presentaba un futuro emocionante. Excepto por una cosa, tenía un dolorcillo en el corazón. Nada grave, pero continuo y molesto.

España finalmente fue al médico con ese dolor porque no se le pasaba:

– Médico uno: No te preocupes, es normal después de todo lo que has pasado. Te voy a recetar unos analgésicos por si te duele mucho y ya verás como pasa pronto.

Pasado un tiempo mejoró pero todavía le dolía por lo que fue a otro médico en busca de una solución mejor:

– Médico dos: Su corazón va bien. De hecho va tan bien que le voy a coger unos cuantos trozos para mí porque usted tiene demasiado. No se preocupe, porque eso le va ayudar a tener un corazón más fuerte. Será usted la envidia del resto de países.

Y lo de los abuelos

Convertirse en abuelo no se elige. Es como una segunda oportunidad que la vida te regala para enmendar los errores que cometiste la primera vez. O simplemente para disfrutar. Disfrutar de lo que supone que esos hijos que criaste se conviertan en padres. Ver cómo deciden traer al mundo a un ser humano tal cual hiciste tú en su día. Y verlos crecer a todos, evolucionar, sentirte como un pájaro que ha cuidado bien su nido.

Los que tuvimos suerte de disfrutar de nuestros abuelos (yo conocí a tres y siempre tendré la espinita de que me faltó uno) sabemos que son como un gran tesoro. Una caja de recuerdos que no regalaríamos por nada del mundo. Me enerva la gente que no los respeta, que los ven como algo gastado que ya no vale. En lugar de tratarlos como historia viva y andante.

Tengo en mi mente grabadas a fuego las historias de mi yayo Tomás que escuchábamos con la boca abierta. De la guerra, del campo, de los vecinos del cortijo, de los animales…Historias que me parecían tan lejanas y que ahora comienzo a comprender.

Películas que me han marcado (II)

Cada vez que me pongo a hacer listas me quedo corta y decido que haré mas. Porque hay tantas y tantas películas que me han dejado una huella imborrable en mi frágil corazón que sería imposible condensarlas en una sola. Aquí va esta segunda parte de películas que me han marcado pero intuyo que habrá una tercera. Aclarar que no es segunda porque me hayan marcado menos sino por mi ya conocida fama de no saber resumir. Y lo que te rondaré, morena.

La señal – Maxime Chattam

Ultimamente parece que Stephen King esté un poco juguetón. Cada vez que sale algún libro, serie o película de terror, él da su opinión. Me imagino a los típicos becarios haciendo guardia:

– Becario: «Venga Stevie, danos algo, sabemos que estás cansado de dar opiniones positivas de todo lo que sale pero ahora está la serie de «Marianne» y ya sabes que Netflix nos pide un cupo. Llevamos dos días sin comer».

-Stevie: «Ya le dije a Dora de recursos humanos que no quería seguir dando opiniones positivas al tun tun, mis fans me han perdido el respeto y ahora me toca vapulear algo para volver a ganarme la fama de señor serio y raruno que me ha costado tantos años conseguir».

Películas que me han marcado (I)

He llegado a la conclusión de que en esta vorágine de sucesos y sensaciones llamada «vida», el cine es mi constante. Como si él fuese Penny y yo Desmond, como el hilo rojo de Ariadna y Teseo, siento que por muchos laberintos que la vida me pusiese nada podría cambiar ese sentimiento. Las películas tienen un poder absoluto sobre mí. Y aunque esa sensación me hace sentir vulnerable, es de las pocas cosas de mi vida que me alegro de que así sea.

En días totalmente arruinados a mí el cine me ha salvado. Mi mente descansa y sana por completo durante dos horas. Y eso es tan preciso, preciado y precioso para mí que siempre lo he consumido de forma compulsiva. Como una droga que te diese la felicidad instantánea ¿quién puede negarse a eso? ¿Existen los pelicólicos anónimos? No me importa, me vale la pena.